01 noviembre 2006

Remembranzas VI


Estamos con el Turco en nuestra ceremonia semanal del escabio y el hacer nada.
Tenemos una extraña pasión por eso. En los boliches somos los que tienen el codo atuercado a la barra o a cualquier otra superficie horizontal que sirva de tal.
Si vamos a alguna soirée al aire libre parece que estamos oteando las estrellas o las nubes. Podríamos oír crecer el pasto, si nos dejaran.
Yo soy el encargado de romper el silencio. Él, de restaurarlo. A veces una risa corta estalla con un comentario gracioso.
Generalmente, cerveza en verano y vino tinto en invierno. Pero más de madrugada puede ser whisky, fernet o daiquiris.
Tiene, el Cotur, una extraña manía:
Se juntimonia tan fácil como yo me asusto o me alejo de una dama.
No lo entiendo y él no me entiende. Hemos dedicado algunas noches a develar porqué el no concibe la pareja sin convivir. Y nunca le encontramos la vuelta. O yo, por lo menos.
Tenía tres ex esposas. Todas ahí, en un mundito a su alrededor al que no le prestaba demasiada atención. Ni hablar de las otras, las que no tuvieron rango civil oficial. Esas eran legión.
Me las encontraba por las calles, a veces un año después. Me preguntaban por él, y yo no sabía qué decirles. No era raro que en ese lapso el tipo se hubiera juntado dos veces (ya no se casaba al final, no era tan delirante).
No podía creer la facilidad que tenía para encontrar mujeres dispuestas a revistar en ese ejército de novias cadáver, previo paso de inquilinas por su vivienda, llena también de fantasmas ignorados.
Pero yo sospechaba que a mi amigo le pasaba algo oculto y aterrador: se enamoraba de verdad cada vez. Y sufría mucho haberse equivocado antes.
Terminaba sus parejas con un nuevo amor. Venía el desengaño, el desgaste, y nuestras reuniones pasaban automáticamente de dos horas a ser de cinco horas al hilo. Ya no tenía apuro por volver a casa.
En alguna ocasión, alguno de los dos olfateaba algo, pedía permiso y se iba a ver cómo le iba con alguna mujer.
Esa noche noté que estábamos particularmente mudos. Una morocha pulsuda me estaba haciendo monigotadas desde otra mesa. O era yo el de las monigotadas y ella la de la sonrisa, no recuerdo, pero es más probable. Lo cierto que en un momento le digo sotovoce al turco que tenía caza a la vista. “Si”, me dijo, “ya la vi”.
La morocha había sido tema de conversación en otras oportunidades. Según mi poco eficiente sistema de levante, no podía interpelarla sin ceremonia. Y mi fuerte es la conversación, no hacer pesas. Así que estaba hace tiempo como un mono tití haciéndole gestos. “Te vi, que linda estás” y otras sutilezas.
El Turco estaba inflado, me dí cuenta. Estaba molesto, porque lo mío era bastante patético a su modo de ver y no tenía más asidero que mi propia falta de valor.
Así que se levanto, tomó el último sorbo que quedaba del vaso (debí haber sospechado ahí) con clericó y salió para la mesa del morochón.
Habló algo, señalo nuestra mesa y se sentó afanando otra silla de la mesa de al lado con arte de prestidigitador.
Las amigas de la dama se hicieron prudentemente las otarias y conversaron animadamente mirando para otro lado, dándoles algo de intimidad (en realidad esa postura favorece que el pabellón auditivo capte mejor una conversación mientras te hacés bien el sota, claro, pero queda bien).
Un rato después empecé a olérmela. Las amigas miraban furtivamente al salame que se quedó solo con la cara cada vez más encementada. Y sonreían. Ya tenían la primicia, vía pabellón auditivo: el Turco se estaba parlando al morochón. Y la pérfida le respondía.
Mi orgullo es así de chiquito, pero indestructible. Así que puse cara de póker, me dí vuelta, prendí un faso y me dedique a contar las cagadas de mosca en el fluorescente que estaba encima mio.
Un buen rato después busqué la campera en el guardarropa (le dejé la cuenta al atorrante) y me fui pateando piedritas por la calle.
Yo sabía qué iba a pasar. Me hice toda la película, lo juro. Pero no me dí crédito.
Veamos:

Pasaron los días y me llamó el Cotur: “¿Che, vamos a Perpignat?”. “Vamos”, le dije.
Esa noche tomamos daiquiris. Me prestó su moto y llevé a la bonita moza a dar una vuelta, porque ella me pidió (en estado neutral, yo era el más simpático).
Y dejé al Turco a pata.
Al otro día fui a su casa a devolverle la moto. Me recibió taciturno, algo incómodo, pero me hizo pasar. Me dí cuenta porqué. Estaba ya ubicada la morocha, que a la sazón se llamaba Eugenia.
Yo, otra vez con cara de póker. Tomamos una cerveza –era domingo y en el catálogo de nuestra amistad beber demasiado un domingo no era correcto- y me fui.
Pasaron los meses, por cuestiones personales no tuvimos mucho contacto. Yo estuve afuera y medio perdido. Y evitando cruzarme con Eugenia, porque a pesar de no darme crédito, desconfiaba de mi mismo.
Llamo a la casa del Turco, me atiende Eugenia. “No está, salió”. “Bueno, decile que voy a estar en “Perpignat”, que se dé una vuelta tipo diez”.
Grande fue mi sorpresa al verla llegar a ella. Estaba para el infarto.
“Andamos mal, creo que sale con otra. Hace dos días no sé de él”, me dijo como para empezar. Yo seguía con cara de póker. Ya era un rictus medio acalambrado.
“Mirá, casualmente no sé nada de él hace tiempo”.
“Te evita, pensé que habían discutido”, me dijo.
Me quedé bastante desconcertado, parpadeando, fallando en el cometido de mantener la cara de piedra.
“¿Porqué viniste? Yo no tengo idea de dónde puede estar. El Turco en muchas cosas es un enigma para mí”. No le iba a decir que seguro estaba en la casa de la vieja, esperando que ella se diera por vencida y se fuera. Y que casi seguro ya salía con otra.
“Bueno, no importa. Vine para entregarte las llaves. Me vuelvo a Mendoza el lunes”.
Ya me dolía la cara de tanta inexpresión.
“¿No me vas a invitar nada? Bueno”. Dirigiéndose a mi eventual compañera de moto y más efímera compañera de cama, “¿No me traés una piña colada con whisky?”.
Bueno, decidí que si seguía practicando de estatua algo me iba a joder, así que cambié la cara. Y me relajé.
Me recosté sobre el sillón, la mire por encima del whisky. Era una de las mujeres mas lindas que había visto. Luminosa, celestial y terrena, supuse que tendría unos treinta. Ella me miró, acusó la atención que le puse, sonrió como una estrella de cine y me dijo:
“¿Porqué no me viniste a ver esa noche vos? El Turco me dijo que los dos estaban mirándome y que como vos eras demasiado lanzado, él había salido primero para evitar que me incomodases”.
“Qué turro”, pensé yo. Era buena esa.
“¿Y yo tenía chances? Mirá que en realidad soy más bobo de lo que aparento…”

Bueno, se cumplió mi maldita predicción. Pero ni al Turco ni a mí nos hizo puta gracia. El cuento del escorpión y el sapo, y todo eso.
Un día me anunció que se iba a España. Yo ya vivía en el interior.
Internet era una curiosidad y un lujo tecnológico aún en la propia Capital Federal.
“Conocí a una gallega en el ICQ. Me voy para allá”.
Internet llegó a mi escritorio unos años después. Intente encontrarlo, pero nunca estaba en línea.
Aún tengo el Miranda IM, que tiene el protocolo de ICQ, solo para verlo aparecer algún día.
A Eugenia la vi hace seis meses. También conoció a un gallego, por el MSN, y el tipo se quiere venir un tiempo. Con el tipo de cambio, se puede quedar un año, si quiere.
Ah… Extraño aquellas épocas…