08 noviembre 2006

Noticias del Futuro

“¡Esta es una nueva entrega del programa “Cosa raras” en su canal estatal, el canal de la gente!”
“¡Hoy tenemos la visita de Mariú Viyett, la multiartista argentina por excelencia, que nos dará una mano en la conducción y también nos dará su arte, jejeje! También veremos el extraño caso de los viejitos del ex geriátrico estatal, donde ahora funciona una hermosa Iglesia Estatal de Cultos Transversales al Pingüino Liberador!”
El programa era un delirio costumbrista en la misma antesala del siglo XXII, emitido por el ex Canal 7, ex ATC, ex Canal 7 de Argentina.
La emisión pasó por una especie de concurso de “Yo sé” (con la “afamada artista” como única participante haciendo piruetas, bailando, cantando, pintando, zurciendo, etc.), mechado con insufribles chismes sobre su inexistente vida privada y sazonados con el previsible y soso doble sentido que el conductor soltaba entre carcajadas sin gracia.
“Bueno, Mariú, y ahora vamos a ver nuestra cosa rara del día, jaja!. Este es el Instituto de la Ancianidad, Dentro encontraremos los dos seres humanos vivos más antiguos. Se cree que votaron en su momento por nuestro Amado Pingüino. Penetramos en una cámara especial, con oxígeno puro y protegidos de la polución ambiental exterior”.
Las imágenes enfocaron una especie de hospital estatal de principios del siglo XX, con paredes tapizadas de azulejos blancos. En una tarima había dos cajas de vidrio del tamaño de bañito de departamento de un ambiente.
En cada una, un anciano sentado. Una mujer, en una poltrona de madera, y un hombre, en una silla de ruedas tecno. Arrugados (sobre todo el anciano, cuyas órbitas oculares se confundían con las mismas arrugas), con manchas seniles en la cara, y casi sin trazas de cabello. Permanecían sentados, inmóviles. Aunque una mirada con detenimiento podía captar cierta tensión en las posturas, una falta de reposo carente de naturalidad. Obviamente, la cámara se perdía este dato sutil.
El conductor puso voz de barítono, y bajo la velocidad del relato:
“Ambos fueron encontrados entre los restos del último geriátrico argentino. Estaban casi deshidratados y con severas deficiencias alimenticias. Sus habitaciones eran contiguas, y estaban rodeados de todo tipo de enseres y muebles de fines del siglo XX, algunos de los cuales están prohibidos, actualmente”. Se desconocen sus datos de filiación. La mujer, si la cámara me sigue, sostiene fuertemente entre los flacos dedos un ejemplar de la novela “Pandora” de Anne Rice. Eso es todo lo que se sabe de ellos, aparte de que son seguramente más que centenarios, y que salvo la sordera y la ceguera que padecen, gozan de excelente salud”.
La cámara -con la típica falta de sentido del decoro y del pudor que viene acumulando desde que se inventó- se regodea con los seres humanos apenas vivos que tiene bajo su escrutinio.
Se abre el plano, y de repente el anciano estremece su poca carne. Agranda una arruga bajo su nariz hasta convertirla en un simulacro de boca desdentada. Mientras adelanta sus manos, como si escribiera en un teclado imaginario, dice apenas audiblemente:

“¡Pandora!”

Y muere con un suspiro.



(Juro que lo soñe anoche. Salvo algún chascarrillo, es casi textual)