06 noviembre 2006

La Corporación de la vida.

Eran las 19.12 y Bess había terminado con todos los "proyectos" asignados para el período. Cumplió la cuota básica de producción -y con el bendito plus de productividad al que se había comprometido con la gerente de RR.HH.-, sobre la hora. Hoy se cumplía el interminable mes.
Se sentía vacía y un poco triste. No era el peor trabajo del mundo, pero a veces tenía la impresión que debía ser tantas diferentes personas para otras tantas que su verdadera personalidad se resecaba un poco y tremolaba de puro frágil.
El sistema de gestión de telemarketing que operaba tenía dos funciones: la primera recopilaba la información del contacto y la tabulaba. La segunda, controlaba la producción de los telemarketers en sí.
Es decir, un proceso automático del sistema se disparó en cuanto su cuota se cumplió, y un nuevo lote de contactos pasó a la columna de "activos" en su "lista de pendientes".
Sonó el celular. Un mensaje de texto:

"Espero verte pronto, lamento que estés tan ocupada".

"Uff! No es mal tipo. Pero hoy no puedo con todo", se dijo.
De a poco el ruido blanco de la oficina fue decayendo y tornaba hacia los colores más pálidos de la paleta.
Mientras cerraba el sistema, la mensajería instantánea interna interoperadores parpadeó dejando saber que había un mensaje on-line. Del gerente de Producción, su jefe directo. Más bien, de su secretaria. El no estaba para eso. Se la pasaba en el MSN, pero el chat interno era cosa de secretarias y telemarketers.
Como símbolo de poder, al pesado le encantaba tenerla tiempo extra con cualquier excusa.
Seguro se sentía macho, viril, jugando con su visible desesperación como un gato con un ratón moribundo.
“Maldito aprendiz de acosador. Encima es más tímido que una paisanita virgen. Lo detesto”. Quería irse a casa.
Se encontró esperando en la puerta del ascensor a dos de los nuevos "leones" de la empresa. Casi adolescentes, salidos de una mediocre pero cara universidad empresarial. El traje de ambos no era demasiado costoso, pero los gestos ampulosos y la cháchara eran de dos genuinos Gerentes Generales.
Se dedicaban a la "adquisición informal de datos" (mejor dicho, al robo de información lisa y llana), que era uno de los mejores y más caros productos de la empresa. De eso no se hablaba puertas afuera. Se le susurraba al cliente después de una sólida relación de años. Comprendía hacking y otras cosas, pero lo más importante era la “ingeniería social”.
(Intentaron reclutarla para el sector. Le ofrecieron un sobresueldo para ropa y accesorios. Después de todo, era una atractiva morocha, pero no tenía intenciones de ser del “servicio de acompañantes” de la empresa. “Gatos espías”, se dijo con ironía, aquella vez).
“¿Te acordás del Gerente de Compras que te conté? Lo desarmé con una prostituta de 400 euros que hice pasar por una amiga ¡Jajajaja! No sabés la data que soltó. Y de lo buena que estaba la mina", diciendo esto último en voz más baja, y dándole un pequeño codazo a la altura de las costillas a su compañero para que tomara nota de la implicancia.
El otro escuchaba en silencio. En su cara se notaba la marca de la envidia.
"¡Ding!" Llegó el ascensor. Como subía solo un piso marcó en el panel soft-touch su selección y dió lugar a que sus casuales acompañantes hicieran lo mismo. Marcaron el segundo piso.
"Hmmm... van a la cafetería. Tanto roce con los ejecutivos, tanto hablar de euros, y terminan tragándose un sándwich de pan negro rancio con atún de supermercado y una gaseosa Light, a las siete de la tarde, mientras se mienten sin vergüenza", pensó mirando oblicuamente el visor del ascensor.
"¡Ding!". Salió al pasillo, con visible malhumor. No se notaba demasiado, salvo en algún chispazo en los ojos (y que su mirada se volvía cada vez más oblicua) y en que tenía que tomarse un par de segundos antes de decir algo.
Se volvió de repente al ascensor y encaró a los "agentes secretos". Puso la rodilla en el sensor para mantener la puerta abierta. Y habló en un susurro, pero lo suficientemente fuerte como para mostrar su vehemencia. Y habló con tonito de maestra ciruela.
"Les recuerdo, caballeros, que las normas de la empresa impiden comentar cualquier acto de servicio fuera de los lugares adecuados, y desde luego el ascensor no es uno de ellos". Miró deliberadamente al que se ufanaba hace un minuto. "Y le recuerdo a usted en particular, señor, que los recursos de la empresa son auditados en profundidad previendo cualquier desvío del personal en misión. La profesional o “prostituta” -como la llame- trabaja regularmente para la empresa y sabe tanto de su objetivo como de usted mismo".
El envidioso cambió imperceptiblemente su expresión en medio del discurso. Y a pesar de su esfuerzo, la risa vengativa le salía por las comisuras mientras con su campo visual periférico relojeaba el visible embarazo de su compañero.
“Y les aclaro que en la cafetería hoy encontraron cucarachas en los sándwiches”.
Retiró la pierna y la puerta se cerró de golpe, como corriendo un telón de piedad.
Hizo cuatro pasos hasta la recepcion del gerente acosador.
La secretaria la miró con un gesto de desánimo. Era bonita, flaca, rubia y apestaba a Paloma Picasso. Era buena la imitación, pero no engañaba a su olfato sutil.
“Si, mirá. Un segundo antes que subieras se metió el Gerente de Productos. Le dije que estabas citada, pero dijo que era muy importante. Carlos me pidió que lo esperes”.
Volvió al pasillo con una media vuelta en cámara lenta. Los hombros se le encogieron perceptiblemente. Tenía los nudillos blancos por la presión. Se detuvo junto a la pared con la mirada fija en la nada. Y muy oblicua.
Esa hora era peligrosa para su salud laboral. Ocurría un repliegue de las someras capas corporativas, que había adquirido forzosamente con el tiempo, y se imponía su más tradicional mal carácter natural. Ya no demoraba las respuestas. Salían en tiempo real.
Empezó a sopesar las diferentes variantes de su vida, de acuerdo a las decisiones que podía llegar a tomar, sin llegar a decidirse si entrar de prepo a la oficina de Carlos y mandar a los dos señores Gerentes a dar por culo, o marcharse de ahí sin dar más razones, o seguir esperando hasta reventar.
No se decidía. Y esa era la tragedia.