17 noviembre 2006

De laberintos, libros y vidas.

Umberto Eco, en "El nombre de la Rosa" centra la trama de la novela en una abadía benedictina del medioevo, famosa por su biblioteca.
Esta biblioteca, codiciada por reyes y emperadores, se protege a si misma porque es en realidad un laberinto lleno de trampas, espejos y pasadizos.
Su secreta fama como laberinto sobrepasa con creces a la que posee como biblioteca.
Hay personas tales como este laberinto-biblioteca. Su riqueza es invalorable, pero resultan difíciles de abordar, de compenetrar. Se imbrican en personalidades falsas, espejos deformadores y ponen trampas al espíritu del arriesgado explorador.
Después de un par de habitaciones, la inmensa mayoría de los valientes está totalmente perdida, y la escasa minoria restante que puede volver a la puerta de entrada, sale despavorida.
Sin embargo, algún improbable testarudo, munido de brújulas, GPS, cuerdas, lentes de visión nocturna, etc. lo resolverá, porque nada es imposible.
A este explorador el laberinto no le importa, en realidad. Puede perderse sin remedio no más transpasar la puerta, mirando asombrado la riqueza y tratando de absorberla. Y perderse en un laberinto es lo de menos. Peor es perderse en la insondable vacuidad del páramo.
Cada libro, cada historia, es un laberinto en sí. ¿Qué importa si uno se pierde? Perderse entre las lobregas paredes en una realidad frustrante y perderse dentro de esas palabras que se leen con tanto frenesí, nocturnamente, sin conciencia de lo demás.
Para muchos, eso no es vivir. Bancos, chequeras y aviones reclaman un mundo sin laberintos y con gente temerosa de extraviarse en ellos.
Yo prometo que, si encuentro la salida, doy media vuelta y me pierdo de nuevo...