18 octubre 2006

Remembranzas V

A Jesús lo recuerdo alto, flaco, desgarbado. Siempre vestía jeans ajustados y alguna remera larga, que acentuaba la languidez de su figura. Tenía el pelo largo, casi rubio y una barba descuidada que continuamente peinaba con sus dedos nerviosos.
Esos dedos eran quizá el único rasgo que desmentía su casi inmutable calma.
Miraba las cosas que llamaban su atención como por primera vez, como si nunca las hubiera visto. Cuando el gesto de amasarse la barba se volvía ampulosamente lento, sus amigos –expectantes- esperaban alguno de sus famosos juicios o definiciones, que se comentaban entre risas durante semanas. Era el tuerto en el país de los ciegos. Un tipo que había leído (y entendido) Sidharta en pleno arrabal, que escuchaba con soltura heavy metal, clásica o electrónica, en el reino de la cumbia, la falopa y los delincuentes. Y dueño de una ironía extraña y fatal, por incontrolable.
Era difícil saber donde vivía: con una hermana, con una tía, en un hospital. Él alimentaba la duda, vaya a saber porqué.
Desaparecía por temporadas y volvía, tal vez más flaco aún, pero menos ácido y hasta risueño. Conforme llenaba las carnes, su mirada iba perdiendo brillo y se tornaba callado, taciturno, y cuando hablaba era progresivamente más hiriente. Cuando su lengua lo metía en problemas, desaparecía hasta que se calmaran las aguas.
Una vez un amigo le metió una bala en un pié. Nunca entendí bien cómo.
Tardé en entenderlo. No fue merito mío porque tengo que reconocer que él me dijo bastante.
Al principio nos llevamos bien, un rato. Pero en cuanto tuvo uno de sus “momentos inspirados” para conmigo le retruqué bastante fuerte, mezclando ingenio con alguna puteada. El flaco tomó nota y empezó a evitarme.
Una tarde decidí ir a un recital a último momento. Llegue –solo- a la cola para entrar y ahí estaba él, tan perdido como yo. Nos saludamos y nos aparamos. Bastante incómodos los dos, casi no nos dirigimos palabra durante un buen rato. En un momento salió disparado: un tipo vestido de cuero negro de pies a cabeza, lleno de tachas y cadenas plateadas, pelo cortado de peluquería, intentaba abrirse paso entre la multitud que hacía cola. Jesús se adelantó, abrió los brazos y le hizo caminito, haciendo un poco de fuerza para mover a los más remolones.
“¡A ver, vamos, moviéndose! El Héroe del Heavy Metal necesita pasar para encontrarse con mami”.
La risa fue general, esa risa mofa, hiriente. Jesús volvió donde estaba yo, apenas sonriendo.
“Ese no se pone una cadena más en su vida, je”, le dije en tono amistoso.
Rompimos el hielo y conversamos casi toda la noche, interrumpidos sólo por el recital. Parece que era normal que abriera varios temas a la vez, que iba tocando por tiempos, como si por no tener un juicio formado, cambiara de tema hasta el próximo juicio subjetivo. Al rato retomaba el hilo, así que conversar no era fácil. Quizá por eso era bastante callado.
“Estuve pensando porqué no nos dábamos bola”, me dijo casi al separarnos. “Vos sos demasiado independiente y orgulloso, y por lo tanto, rebelde. Y yo soy un líder abandónico, que termina despreciando a sus súbditos, je. Nos desconfiamos por eso. Pero los dos tenemos una contradicción: Vos no vas a ser nunca un líder, ni yo a dejar de depender de mis amigos”.
Esta haya sido quizá la vez que alguien me analizó mas rápido y en menos palabras de toda mi vida. Ahí estaba mi relación complicada con mi padre, mis amonestaciones en el secundario por discutir, mi extraño sentido del deber, mi pavor a someterme a los trámites burocráticos y en fin, buena parte de mis errores en la vida.
Unas semanas después, fuimos con toda la banda de amigos a ver a una banda de metal cerca del territorio barrial, marcado con el orín de miles de cervezas de Jesús y sus amigos.
El bajista de la banda que tocaba, entre tema y tema, lanzaba consignas cada vez más hirientes contra la gente del barrio (porque no habían ido), y en un momento lanzó: “Estos bolitas escuchan cumbia, nomás”. Jesús, en lo que era un silencio incómodo, soltó: “¿Y si te dan asco los bolitas, para qué querés que vengan?”. Al ver la flacura casi mortal de Jesús, el mesiánico bajista le espetó “A vos, flaco, te parieron en la funeraria para ahorrar guita, je”. El flaco, rapidísimo, le contestó “Y a vos en el Cinturón Ecológico, para ahorrarse el viaje”. Las risas, tímidas, se hicieron más fuertes.
“Que cara de judío lameorto tenés”, le tiró con un gesto despreciativo, al notar el parecido con el Jesús de la Biblia.
De repente, la voz de Jesús, chiquitita ante la potencia de los equipos que usaba el bajista, se elevó con un grito histérico “¡Sieg Hail, sieg hail!”, al tiempo que hacia el gesto típico con la mano. Algunos amigos lo agarraron para callarlo. Yo empecé a putear a los gritos.
El hombre del bajo nos miró con un gesto de desprecio, con el rostro en una mueca, y salió raudo del escenario. Al minuto se apagaron todas las luces. Se escuchaba a los músicos que llamaban: “Ricardo, Ricardo, dejate de joder”.
Detrás nuestro había una cortina marrón que separaba el salón de una especie de hall de entrada. Cuando la atravesé sentí un soplo de aire a la altura de la nariz: alguien me había querido embocar en la oscuridad y había errado por un centímetro. Hice un paso y me trencé con el que tenia más cerca. Eran plomos, gordos gigantes y duros, que lo mejor que hacían era agarrarte del pelo y después darte dos o tres trompadas que te dejaban fuera de combate.
Como tenía el pelo corto, me convertí en un problema: uno resolvió el tema agarrándome de la remera con tanto ímpetu que se la quedó en la mano. En la semioscuridad, alcance a ver por una puerta lateral a “Ricardo” haciendo señas y riéndose. Me fui corriendo hasta la puerta, pero el muy cobarde la cerró justo a tiempo.
Alguien abrió la puerta de calle y entró algo más de luz. Los gordos eran fáciles blancos para las patadas, pero no podías dejar que te agarraran, porque pegaban duro.
Al final, entre tres pudimos hacerlos correr, pero en el piso quedaban varios amigos, entre ellos, Jesús. Tattoo, estaba muy golpeado y puteaba con dolor.
Levantamos a todos, salimos y los lastimados se lavaron en una canilla petisa de la vereda.
Yo estaba en cueros, a varios kilómetros de casa. Tenía la sensación de que la habíamos sacado barata, y estaba bastante asustado, con una depresión post adrenalínica.
Fue la ultima vez que nos vimos. Yo ya estaba en la antesala de mi desastre particular, que hizo que algunas cosas desaparecieran de mi vida. Entre ellas Jesús y la banda del oeste.
Tal como había descubierto el flaco, era demasiado snob para asumir esa vida de arrabal mucho tiempo.