02 septiembre 2006

Remembranzas I

Año del Señor (¿del Mal?) 1992.
Las calles de Buenos Aires son el living de mi casa, la cocina y el patio. Por poco no son también el dormitorio (¿no lo fueron alguna vez? Bueno, no puedo recordar muchos detalles).
Mi vida incendiaria. Quemar las naves. Quemar familia, amigos, amor, trabajo, más o menos todo junto. Todo. Partes de mí también, incluídas.
El calor del fuego me embriaga, al principio. Me siento realmente bien. ¿Que puede ser peor que estos pedazos de vida amarga y perdida, ardiendo?
Del incendio surgen voces, algunas voces inocentes. Son puñales esas voces. Dagas. Se clavan una y otra vez sobre el pecho, hasta las vísceras, provocando el dolor más fuerte que Dios puso sobre esta tierra. El que Él reservó para Caín, para Job o la madre María.
Evadir las voces. Endurecer el corazón hasta donde Caín no llegó.
Una sola, larga ruta negra y desolada, comenzó aquella noche en que vacié mi vida en una banquina solitaria, la rocié de querosén, acerqué un fosforito y la sacrifiqué al altar de la esperanza. Vacío como estaba, el futuro era ese camino a ninguna parte, cuyo único objeto de existencia era ser recorrido.
Como buen descendiente de emigrantes, tenía una fé ciega en el mañana. ¿Qué mañana? No sé, mañana lo pienso y te digo. Tengo la sangre, pero no el espíritu.
Entonces, viajé al fin de la noche. Mi chofer se llamaba Destino y su apellido era Maldito. Todas sus paradas intermedias no hacían más que marcar un derrotero irregular hacia un enorme precipicio, un Seol. Confiar en él era para imbéciles o desesperados. Yo, peor, lo llamaba mi amigo.
Después de un tiempo vagando y perviviendo, dejé de manifestar voluntad consciente. Cada oportunidad de acabar el viaje, de apagar el incendio, la miré con mayor desdén y apatía.
Y un día, cansado, me morí.