14 agosto 2006

Como indio sin tribu

Si hay alguna sensación que me dura desde que tengo uso de razón, es la de estar afuera. Siempre tuve esa intuición. No es que me dejen afuera deliberadamente, porque mi ego -pequeño pero indestructible- nunca se hizo cargo de eso (como de tantas otras cosas).
Como para estar adentro y disfrutar de posibles ventajas hay que sacrificar identidad y alguna independiencia, mi natural rebelde me dijo que no.
Depende donde uno se quiera introducir, pero por lo general para pertenecer hay que compartir varios rasgos definidos. Es condición necesaria. Cuanto más selecto y refinado, más cualidades hay que compartir. Para dar un ejemplo extremo, un exclusivo club social tiene tantas reglas para identificar a los pares que son toda una legislacion en sí.
Son más benignos aquellos círculos de personas que comparten algo muy particular, ser lectores de Alejandro Dolina y/u oyentes de su programa de radio, o algo más extraño, como ser lectores del coso de Lacanna. No hay más que cumplir que tener el gusto por esos autores. Y nadie te puede acusar de no cumplir, porque si no te gustan, estás autoexcluido.
Pero lleguemos de una vez a dónde quiero llegar: las tribus, ese concepto moderno:
Como ya dije, tengo una hija dark-goth-metal (y algo punk, sin reconocer).
En realidad, hay mucho fashionismo snob contradictorio en algunas tribus, pero no viene al caso por ahora. Incoherentes hay en todos lados, de todas maneras.
Recuerdo que cuando empecé a vestirme como mis pares, adopté el jean. Era el uniforme de la primera tribu: los rockers. Y he llegado a vestirme por completo de esa tela (salvo los calzoncillos, medios incómodos). Sigo así, aunque hubo algunas desviaciones a lo largo del camino:
  • En los primeros 80's, cuando apareció la segunda tribu rockera, los metaleros, pase a agregarle a los jeans tachas, me puse alguna campera de cuero, y en vez de remeras blancas, musculosas negras. Pero eso de andar con cadenas y cortarse el pelo como los Maiden no me iba. Era un experto en bandas, integrantes y todo eso, pero no se me daba por llegar a la estupidez extrema de esta tribu: el héroe del metal (como decia mi amigo Jesús, que vaya a saber dónde andará).
    Ya tenía mi propia estupidez, con la que no sabia que hacer.
  • A fines de los 80 fui virando a una onda medio dark, sobretodos largos negros y algo así. La actitud down la tuve siempre, solo me hizo falta cambiar la campera de cuero negro por el sobretodo del mismo color. Y en vez de remeras negras, camisas negras. El pantalón de jean seguía ahi (otro, che, tampoco soy tan rata). Pero nada de delinearse los ojos ni hacerse una cresta de gallo en el pelo.
  • Los noventas fueron la vuelta a las raíces, aunque un poco más recatados: el grünge era mi elemento. Tenia la actitud, la vestimenta, la rabia, la educación... Pero ya no tenía la edad.

Actualmente, no sé a que tribu pertenezco. En cuanto me escuchan, me expulsan de la mayoría, porque siempre me causaron mucha gracia las exageraciones de cada tribu, y no me molesto en ocultarlo.
Los metaleros siendo chicos malos (como el tema de Barón Rojo) o como Metallica, los goths, bajoneados por todo, menos por ir a McDonalds o a comprarse esas cruces tan depresivas o a comprarse un celular (negro por supuesto), o los rockeros con auto, casa y guitarras de dos mis quinientos dólares. Ni hablar del universitario indie que se recibe de abogado y termina en el estudio jurídico de la familia.
En fin, a la mayoría les queda como recuerdo algunos agujeros de más en el cuerpo, por los piercings (o como a Jesús, que en una pelea con Ricardo Iorio y sus huestes, le metieron un tiro en el pie, porque parece que uno de los plomos era policía, vaya contrasentido), o tatuajes infames en algun lugar recóndito (lo peor, alguna svástica).
Obvio, ni me he tatuado ni tengo orificios extra.