15 junio 2006

In rock

Salgo del trabajo. Desorientado -después de once horas entre planillas, orígenes de datos y fucking users-, y no recuerdo dónde demonios estacioné el auto (Dude, where is my car?). Hago un esfuerzo conciente y voy recordando: descarto el primer recuerdo, eso fue el lunes. Igual el martes y el miércoles. Pero hoy no recuerdo nada: en blanco.
Me resuelve el problema la cobradora de estacionamientos que me sale al encuentro, siempre impaciente, apenas me ve. Pago el alquiler, identifico mi auto (el más cochambroso de toda la cuadra –entre su verde seco original y el color-no-se-qué que le han dado los años y la mugre-) y me introduzco al habitáculo con cansancio.
Inicio la ceremonia de poner en marcha el carromato (dos bombeos previos al acelerador, esperar un segundo y dar vuelta a la llave). Arranca tosiendo, pero el fiel imbécil está listo para que lo torture otra vez. Enciendo el reproductor. Suena “Child in Time”, de Deep Purple. De repente el tiempo se esfuma y quedamos solos Gillan y yo en un anochecer cualquiera:
“Sweet child in time, you’ll see the line.
The line that’s drawn between the good and the bad”
Pongo primera y me sumo al movedizo gusano loco callejero. La tarde es agradable, a pesar de junio promediando su curso. Claustrofóbico, bajo los vidrios buscando una promesa de aire fresco, pero entre tanto escape de auto me llega bastante falsificado. Igual, subo el volumen para ganarle al estruendo de largada de Monza que es cada semáforo.
“See the blind man shooting at the world
Bullets flying taking toll”
En cada parada colectiva, varias motoqueros –y algunos audaces, que tambien han bajado sus ventanillas- compartimos el batifondo general. Luz verde.
“If you’ve been bad, Lord, I bet you have
And you’ve been hit by flying lead”
Rojo. Freno a fondo. Nos acomodamos como buenos muchachos, aunque adelante mío dos corredores se ladran por alguna maniobra imprudente. Yo sigo la historia del Chico Puntual y canto:
“You’d better close your eyes and bow your head
And wait for the ricochet”
Laaargaron! Salimos como cohetes, los de adelante amenazando convertir esta inocente carrera de juguete en una trampa mortal. No me provoquen, que Gillan comienza a aullar:
“uuuuuhuuuuuuuuuuhuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu”
La banda sube el tempo y el volumen, y comenzamos a acelerar.
Hago una finta y quedo delante de los complicados, en la pole-position.
Con la secreta alegría de ser un Fangio de entrecasa, y Purple a full en los altavoces, grito desafinando con Gillan:
“Aaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh”
Los miembros de un binomio de a moto (ojo, los hay de a pie) vienen calcando todos mis movimientos y siempre quedan a mi lado. Dejan de disimular su mal disimulada curiosidad de hace dos semáforos atrás y me miran reprobatorios. Los miro fijo y grito otra vez:
“AaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhHHHHHHHHHH”
Llegamos a la parada donde siempre hay dos o tres aprendices de algo, que revolean sufridamente unas pelotitas por el aire, mientras intentan decirle tácitamente algo a esos pobres, ilusos y estúpidos burgueses motorizados, empeñados en no reconocer el inútil espectáculo que se les impone -y en guardar sus monedas para mejores usos, sobre todo-. Yo soy uno de ellos.
Un cómplice suyo, otro espanta suegras, en la vereda -de apoyo, digo yo-, reconoce la música. Me mira y sonríe con complicidad. Parece decir “Hermano: Como ves, acá estamos. Danos una mano y no preguntes por qué prefiero hacer esta payasada antes que trabajar de limpiapozos”, que es lo que yo haría antes de humillarme así ante mí mismo, en cualquier esquina que prometa muchos autos. Siempre fui un vago, preferí hacer la fácil: trabajar para asegurarme el puchero, y ya. El mono-piquetero termina su gracia (si es que la tiene) y pone cara de ingenuidad. El sonriente cómplice suelta entre disimulos “Una moneda…”. Salgo disparado, sin evitar pasarle algo cerca al simio con mi mejor cara de culo.

(ritmo de shuffle en tonalidad Am, constante...)
Blackmore, en el mejor solo de su vida: ataca las cuerdas con una púa que parece de acero afilado, mientras sacude la palanca del vibrato como un frenético poseso (yo creo que lo es).
(Cuidado... Voy al volante de un bólido que está tan percudido y sucio que si provoca el más mínimo raspón en un peatón, por lo menos, lo matará de tétanos). Llego al arpegio final del solo -sin heridos que lamentar-, y vuelve la voz melodiosa de Gillan.
Ya todo ha pasado, es la reprise. Ya estoy en los traquilos suburbios, y como quedé solo, tengo la ingenua sensación que es la soledad del líder la que me acompaña.
Terminando la coda, con vertiginosos glissandos y apocalipticos aullidos, llega el catastrófico final.
Para entonces llegué sano y salvo a casa.